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sábado 11 de agosto de 2007

La Fuerza de la palabra

El Tren rechinaba y traqueteaba al atravesar los suburbios de Tokio esa soñolienta tarde de primavera. Nuestro vagón estaba relativamente vacío: unas cuantas amas de casa con sus hijos, algunas personas mayores que habían salido de compras. Yo,comtemplaba con aire ausente las deslumbradas casas y las polvorosas hileras de arbustos.

En una estación se abrieron las puertas,y de pronto un hombre que profería maldiciones violentas e ininteligibles,rompió la quietud de la tarde. El individuo se precipitó al interior de nuestro carro. Vestía como obrero; era fuerte y estaba borracho y sucio.Vociferando, se abalanzó sobre una mujer que sostenía a su niño,y la envió tambaleante sobre los regazos de una pareja de ancianos.Fue un milagro que el pequeño saliera ileso.
Aterrada, la pareja se escabulló hasta el otro extremo del carro.El individuo intentó patear por detrás a la anciana pero no lo logró.Esto lo enfureció más que se asió al poste de metal del centro del carro y trató de sacarlo.
Pude ver una de sus manos cortante y sangraba; los pasajeros,helados de terror.
Yo me levanté de mi asiento, era joven, hace 20 años y tenía muy buena condición física, había recibido un sólido entrenamiento de aikido , casi todos los días me creía muy fuerte y podía luchar.Como estudiante de aikido, no se nos permitía pelear.

"El aikido" nos repetía una y otra vez nuestro profesor "es el arte de la reconciliación".Cualquiera que abrigue en su mente la idea de pelear, ha roto su contacto con el universo. Si ustedes intentan dominar a otras personas, ya están derrotados de antemano.Nosotros estudiamos para resolver un conflicto, no para iniciarlo".Yo escuchaba sus palabras y hacía esfuerzos sinceros por seguir sus orientaciones, llegando al extremo de cruzar la calle para evitar a los chimpira, vagos malvivientes del billar, quienes se apostaban cerca de las estaciones ferrobiarias.Estaba orgulloso de mis antepasados.
Me sentía fuerte y sagrado.Sin embargo, en lo más íntimo de mi ser,deseaba una oprtunidad completamente legítima de salvar a los inocentes, destruyendo a los culpables...

¡ Aquí la tengo! me dije al levantarme.Estas personas están en peligro, y si no procedo con rapidez, posiblemente alguien resulte lesionado .

Al ver que me levantaba, el borracho vió la aportunidad de enfocar su ira. "¡Ajá! ,gritó. "¡Un extranjero! ¡Lo que usted necesita es que le dé una lección de modales japoneses!"Me cogí levemente a la correa de cuero que se encontraba arriba del asiento y le arrojé una lenta mirada de disgusto y desprecio. Había decidido hacer pedazos al tipo, pero tenía que ser él, quien hiciera el primer movimiento.Deseaba sacarlo de sus casillas, así que le arrojé un beso..."¡Muy bien! ¡Tendrás tu merecido!", dijo. Se centró un momento en sí mismo para arrojarse contra mí.

Un segundo antes de que hiciera el primer movimiento, alguien le gritó: "¡Hey!" El sonido de la voz nos llegó al tímpano. Recuerdo el tono, extrañamente alegre y regocijado, como si el lector y un amigo hubieran estado buscando algo con diligencia y de repente lo hubieran encontrado. "¡Hey!"
Giré a mi izquierda y el borracho a su derecha.Nuestra mirada tuvo que descender para localizar a un pequeño anciano japonés.En mi opinión, este fragil caballero, sentado allí con su kimono inmaculado, frizaba los 70 años de edad. El ni siquiera se fijó en mí, sino que dedicó su atención en el obrero, como si hubieran tenido entre los dos el secreto más importante que compartir.Venga acá, dijo el anciano con un acento local, llamando a su lado al borracho, venga acá para que hablemos...
Ondeó la mano con suavidad.El le obedeció, como si en ella llevara una cuerda...
¿Por qué diablos tengo que hablar con usted?
El anciano continuó dirigiéndose al ebrio.
¿Qué es lo que ha estado tomando?
He estado bebiendo sake-
y además ¡no le importa!
¡Oh, eso es magnífico!, completamente delicioso.Verá usted a mí también me gusta el sake.Todas las tardes, mi esposa y yo calentamos una botellita de sake y la llevamo al jardín, y nos sentamos en una vieja banca de madera.Contemplamos la puesta del sol y vemos cómo se encuentra nuestro árbol placaminero. Mi bisabuelo lo plantó y estamos preocupados por saber si se salvará de las tormentas de nieve.Creemos que está reaccionando bien, teniendo len cuenta la mala calidad del suelo.
A medida que hacía esfuerzos para seguir la conversación del anciano, la cara del borracho empezó a suavisarse. Sus puños se aflojaron. Sí, dijo el hombre, a mí tanbién me encantan los árboles placamineros.
Su voz bajó de tono.
Y bien, dijo el anciano sonriendo, estoy seguro de que usted tiene una hermosa mujer.
No,mi esposa murió, y empezó a llorar. No tengo esposa, ni casa,ni trabajo.Me siento tan avergonzado de mí mismo.Las lágrimas escurrieron por sus mejillas. Su cuerpo se convulsionó con un espasmo de dolor.Ahora me tocaba a mí.Parado ahí, con mi ingenuidad juvenil pura ymi idea de la justicia para hacer más seguro el mundo en la democracia, de pronto me sentí más sucio que él. Finalmente el tren llegó a mi parada. Mientras se abrían las puertas , escuché al anciano decir con simpatía:Vaya, vaya, vaya, de veras se encuentra usted en una situación difícil. Siéntese cerca de mí y cuéntemelo todo.

Volví la cabeza para echar una última ojeadaa. El hombre se había dejado caer como un fardo en el asiento, reclinando la cabeza en el regazo del anciano, quien le daba golpecitos en la cabeza sucia y enmarañada.
Ví cómo se alejaba el tren y me senté en una banca. Lo que había deseado hacer con los músculos se obtuvo con palabras amables. En el suceso yo sólo percibí una ocasión para poner a prueba elaikido en un combate, y la esencia era el amor.
Tendría que practicar el arte con un espíritu totalmente diferente.
Pasaría mucho tiempo antes de que pudiera hablar acerca de la solución del conflicto.

Terry Dobson
condensado de"The Graduate Review"

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